Septiembre 7, 2010 / ElChiltepin > Contracorriente
Bofetadas gubernamentales
Por Óscar Romo SalazarSobre la atestada mesa de las discusiones nacionales ha caído un nuevo asunto. Al paso que vamos necesitaremos colocar algunas mesas plegables adicionales para dar cabida a los siguientes asuntos que sin lugar a dudas surgirán en los tiempos que vienen. El caso más reciente es la nueva disposición que hace obligatoria la presentación de una receta médica expedida por un facultativo registrado para la adquisición de cualquier antibiótico. Si usted le encuentra algún sentido a esta nueva perla de sabiduría gubernamental, le suplico lo comparta con los lectores y con su humilde servidor, porque a mí de entrada me parece una soberana estupidez o, cuando menos, excesivamente rigorista.
Aunque con algunas reservas, estoy de acuerdo con una medida de ese tipo tratándose de medicamentos de uso delicado tales como tranquilizantes, acelerantes, somníferos y drogas de uso restringido de otro tipo, pero mire usted que obligar a la gente a ir a consulta médica –y a pagar su costo, en su caso- para poder obtener una receta y poder comprar una caja de Pentrexil, por poner un ejemplo, me parece absurdo. Al costo del medicamento, y no hay que olvidar que los antibióticos son bastante caros, habrá que agregarle el costo de la consulta, con lo cual le complican y encarecen aún más al empobrecido pueblo mexicano el cuidado de su salud.
Me asombra y aterra la estupidez de la Secretaría de Salud, de donde estoy seguro surgió la iniciativa, y de los señores legisladores que la aprobaron, en un madruguete infame que debe llenar de indignación a todo los mexicanos, ricos, pobres o todo lo contrario. Hay que ver las cosas en que pierden su tiempo los señores funcionarios del gabinete federal, en este caso la Secretaría de Salud. Cualquiera diría que ya tienen resueltas todas las deficiencias y anomalías que existen dentro de ese sector, y que ahora apuntan sus baterías a otros menesteres de menor envergadura, como lo es esta regulación de los antibióticos.
Junto con el tema de la legalización de las drogas que el presidente Felipe Calderón repentinamente arrojó sobre la mesa de las confusiones, perdón, de las discusiones, este otro a su vez promete otra profunda controversia, una vez que se midan sus consecuencias y de empiecen a sentir sus efectos, sobre todo los que tendrá sobre las clases más desprotegidas que no cuentan con los beneficios de la medicina social que, en quiebra y lo que usted guste y mande, cuando menos garantiza un mínimo nivel de atención. Pero el pueblo no es tarugo y seguramente encontrará la manera de sacarle la vuelta a esta disposición.
Algo anda muy mal con nosotros los mexicanos. En todos nosotros, nos encontremos donde nos encontremos, seamos quienes seamos y vivamos como vivamos, hay una vena de derrotismo perverso que nos está reconcomiendo las entrañas, los huesos, las fibras más íntimas de nuestra identidad. Y eso que anda mal desde sabe Dios cuánto tiempo, cada día que pasa empeora un poco más.
Es lo más común pensar que todo lo que se vende en los Estados Unidos es mejor que lo que se vende en México. Ropa, artículos para el hogar, alimentos, maquinaria, refacciones, todo, lo gringo es mejor que lo totonaca, así, a rajatabla, “a calzón quitado”. Y, por añadidura, muchos también suelen pensar que el gobierno gringo es mejor que el que tenemos acá, que allá hay menos corrupción que acá y que, en general el “american way of life” es mil veces preferible al “mexican way of life”. En realidad en todas partes se cuecen habas, y si bien allá hay muchas cosas envidiables, también las hay que no tienen nada de atractivo. Para un latino, especialmente un mexicano ‘desmadroso’, desordenado, acostumbrado a hacer lo que le viene en gana sin que nadie le marque el alto, vivir sujeto a las reglas que existen allende la frontera Norte equivale a una pena carcelaria.
Y es que a nosotros lo que nos gusta es vivir en el libertinaje. En la libertad no, porque la libertad bien entendida exige orden, responsabilidad y tiene límites que la raza de bronce no está dispuesta a respetar. Nos encanta hacer lo que nos da la gana, cuando nos da la gana, y no aceptamos que nadie venga a decirnos cómo, cuándo y por qué debemos hacer o dejar de hacer algo.
A media cuadra de mi casa vive una familia que es un ejemplo clásico: La doña sale casi todos los días a lavar la banqueta y el “por fuera” de su casa a manguerazo limpio. Algunas veces le he dicho que eso no se vale, que tenga conciencia de la escasez de agua y que su desperdicio es criminal… ¿Y qué cree que responde la infeliz? ¡Exacto! Adivinó usted: Que no me meta en lo que no me importa y que su marido tiene para pagar toda el agua que gastan… A ver, dígame usted nomás…
El gobierno gringo en muchos sentidos quizá sea mejor que el nuestro. Allá tienen pesos y contrapesos, y los aplican con relativo éxito. Acá también los tenemos, pero nos los pasamos por el arco del triunfo. Y mientras las autoridades hacen como que aplican las leyes, nosotros hacemos como que las obedecemos. Somos un país, un estado y una ciudad de caricatura, con ciudadanos de caricatura. Si no existiéramos ya nos hubiera inventado algún caricaturista como Hanna Barbera o los herederos de Walt Disney.
Echémosle una ojeada al choteado tema de los inmigrantes indocumentados, que tanta roncha ha levantado allá entre los pochos naturalizados y los que se esconden por falta de papeles en Arizona y demás estados fronterizos que cojean todos del mismo pie racista e intolerante. Están apretando el puño hasta sacarle sangre (y partido) a las leyes que son básicamente promovidas por los WASP (White Anglo Saxon Protestant) que quisieran mantener inalterable la pureza de la raza blanca e inviolado su territorio, olvidando que el pueblo norteamericano no es otra cosa que un champurro de razas provenientes de todo el orbe.
Y que, independientemente de su pasado ciertamente glorioso, paulatinamente ha ido cayendo en una descomposición progresiva que equivale a un cáncer en los huesos. Hoy en día es un pueblo ‘comodino’ y echado a perder (“ahuevonado”, pues) que le saca al trabajo duro y de sol a sol, como lo desarrollaron aquellos colonizadores europeos que llegaron a buscar una nueva vida en el nuevo continente, e hicieron de Norteamérica lo que llegó a ser.
Nadie en la Norteamérica de hoy, fuera de los indocumentados mexicanos, va a ir a recoger tomates, lechugas, papas, remolacha y cuanta cosa en los campos de cultivo bajo los rayos ardientes del sol de Arizona, California, Nuevo México, Texas, Florida y los otros estados gringos que son predominantemente agrícolas. Y menos aún lo harían por el miserable salario que les pagan allá. A un mojado se le paga algo así como 3 dólares la hora, mientras que un blanquito gringo pretendería de perdida 10 dólares… y no aguantaría más de una jornada completa.
Ahorita porque están inmersos en una crisis que los trae por la calle de la amargura, y las familias están teniendo que reducir su gasto sustancialmente, aún en la comida, pero en cuanto se repongan un poco las exigencias subirán de nivel y la situación cambiará radicalmente. Y sin embargo, las presiones políticas y los intereses de grupo están haciendo que en lugar de buscar soluciones inteligentes que beneficien a los pueblos de ambos países, se empeñen irracionalmente en sacarse la lengua y endurecer las políticas migratorias. Ceguera y sordera, estupidez y soberbia de ambos lados de la frontera Norte.
Por eso le digo: Si acá el gobierno no tiene pies ni cabeza, allá tampoco hace malos quesos. Y si los güeros tienen la cabeza llena de babosadas, acá nosotros los prietos la tenemos vacía… y, la verdad, no sabría decirle a usted cuál de las dos situaciones es peor.
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